Viajando sola



Estamos acostumbrados casi por inercia a que todas nuestras actividades tienen que ser acompañados.

Nos parece inconcebible cosas como no ir al cine juntos o salir de marcha solos. Algunas personas cercanas a mí no han pasado ni media tarde sin tener pareja y otras simplemente creen aburrido estar solo. Yo era una de esas personas.

En lo más profundo de mi ser soy un alma tímida y hacer las cosas en soledad siempre me ha dado cierto reparo. Pero cada año se planteaba la misma encrucijada: las vacaciones.
Cuadrar fechas, compartir mismos intereses y presupuestos era una tarea demasiado ardua y al final solía ceder a los gustos de los demás simplemente por no quedarme en casa sin hacer nada.

Pero el año pasado todo cambió. Tenía una amiga que literalmente me dejó tirada a las puertas de una semana de vacaciones. Así que tomé la decisión de no desaprovechar esos pocos días y salir a la aventura por mí misma. ¡Imaginaos! para una persona a la que comer en soledad le da vergüenza salir de viaje sola era todo un reto.




Mi tío Carlos decía que las dos experiencias más duras de la vida, nacer y morir, se hacían en soledad y que debíamos aprender a estar solos para que el reto final no fuese tan dificil. Qué razón tenía.

Este año repetí lo que quiero coger por costumbre, viajar sola y a pesar de que tenía todas las reticencias del mundo, una vez de vuelta a la rutina me alegro muchísimo de haber tomado esa decisión.

Cuando viajas sola y convives contigo misma, hay unos placeres que descubres por primera vez.
Para empezar los horarios. Te levantas y te acuestas cuando quieres si tener que ponerse de acuerdo. Decides en el último momento qué quieres hacer y cuánto tiempo quieres dedicarle, lo que hace que desconectar sea mucho más sencillo.

En una sociedad donde todo son citas, discusiones, acuerdos ¡Planes! cómo de bien sienta poder hacer lo que quieras cuando quieras si tener que meditarlo. Pura improvisación.



El año pasado elegí Málaga porque tenía unos conocidos (y no iba a sentir del todo la sensación de soledad) y éste año elegí Cádiz ¡Qué buena elección!

La ciudad andaluza es perfecta para el viajero solitario, aunque necesites que alguien te eche protección solar en la espalda. He tenido la suerte de  tener un tiempo inmejorable y poder disfrutar de las playas todo el día. Pasear por el casco antiguo y perderte en las callecitas que desembocan a la Catedral fue una experiencia muy gustosa. Como si me dedicase un tiempo único a mí misma, y de eso se trata todo esta proeza. De disfrutar de la compañía de uno mismo.



Habiendo tanto tiempo donde la única conversación es la que tienes contigo mismo, surgen sin quererlo reflexiones sorprendentes, paz y mucho aprendizaje. ¿Qué quiero hacer? ¿A dónde quiero ir? Y no sólo en un sentido figurado. Sin charlas banales (y no es que la s compañías no sean buenas) puedes dedicarle tiempo a cosas que, acompañada, serían una pérdida de tiempo.

En mi caso observar a las gaviotas, escuchar un nuevo disco, observar a los demás, probar un plato diferente, atender a los ruidos y a los silencios, dormirse con el cantar de los grillos y oler a mar y algas. Algo que pasaría a un segundo lugar si hubiese ido en pareja o en grupo.



No todo el mundo sabe estar en su propia compañía. Hay gente a la que la soledad le parece vertiginosa, y creerme, entiendo por qué. Pero ese salto es un crecimiento personal enorme, del que, haga sol o el hotel esté regular, siempre sales engrandecido.

Estoy deseando escaparme sola otra vez, y aunque la vuelta a lo cotidiano cueste, vengo bastante renovada. No quiero perder la costumbre de explorar un nuevo sitio por que sé que también será un viaje interior. Os invito a hacer lo mismo.

 No hay tiempo malgastado si es tiempo para uno.


by Alba de Soto

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