No hace falta que digas nada Montgomery




Un día después de dar a luz a su primer hijo, mi abuela Lydia abría una revista (que su asistenta había comprado hacía una semana) y lloraba por quizás tercera vez en su vida. Montgomery Clift había muerto.

La primera vez que vi "El rostro más bello de América" fue en la película "Yo confieso" del maestro Alfred Hitchcock y me enamoré de él.
"Mira cómo lo dice todo con la mirada" comentaba mi abuela mientras visionábamos la cinta, y era verdad, Montgomery hacía sus diálogos con los ojos...y tenía tanto que decir.

Creció y fue el rostro bello que todos podemos apreciar en películas y fotografías, pero fue su delicada y atormentada manera de buscar aprobación con la mirada lo que enamoró a medio mundo, incluida mi poco enamoradiza abuela.

¿Qué tenía Montgomery que no tuviese Brando o Dean o Newman? Un deseo, como el papel que mágicamente interpretaría toda su vida, de confesar su verdad y su dolor.

De sus noches de orgía masculinas y sus graves problemas de alcohol, Hollywood sacó como si fuese un elixir, un actor de método que, como todos los de su época, se interpretaba a si mismo en cada papel.
No era su homosexualidad nunca confirmada, era su increhíble sensibilidad lo que le atormentaba y bajo el yugo del starsistem del momento, un grito de liberación que nunca quiso pronunciar, se colgaba ahogado en carácteres misterioros y a la vez sencillos, oscuros y comprensibles personajes que usó para ser ya siempre un actor de renombre.




Pero Montgomery nunca nos hizo feliz ni fue feliz. Ni en títulos como "De repente el último verano" "De aquí a la eternidad" "Un lugar en el sol" o "Vidas rebeldes", no, porque todas retrataban un deseo incumplido, una herida demasiado frecuentada y sobre todo una tremenda falta de amor.

Verle actuar no era fácil, ni gustoso, pero era demasiado conmovedor, elegante y soberbio, que, como embrujado, el espectador no podía dejar de sostener un pulso con sus descorazonadores ojos.

Y lo tuvo todo, fue un niño bien, fue cuidado por contrato y fue aplaudido...pero no fue sincero jamás consigo mismo hasta que un accidente automovilístico le dio la libertad para dejar de ser un rostro y ver su alma.



De aquel trágico suceso, quedaron muchas cicatrices, parálisis, dolor, más droga y más alcohol.
Casi impedido en su actuación, el rostro que lo podía expresar todo ya no podía moverse así que aprendió a hablar y nos dejó con la boca abierta.

En "Vencedores o Vencidos" defendió su vida como si fuese la suya propia, como si viendo su trágico final hubiese decidido decir todo cuando pudiese, sin interrupción ni cortes, en una sola toma, a un único intento porque el día 23 de Julio de 1966 moría la habitación de su apartamento de Nueva York, con signos de sobredosis y desnudo (como Marilyn Monrroe) rompiendo el corazón de mi abuela.






Se fue quizás sin saber que a pesar de su contagiosa melancolía y su silenciosa aflicción, sin mediar palabra, sin necesidad de ninguna explicación, le habíamos comprendido.

50 AÑOS DE LA MUERTE DE MONTGOMERY CLIFT.

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